Después de los aplausos.

Hay momentos llenos de intensidad que sin la adrenalina temporal pero a su vez necesaria en el cuerpo seria algo difícil poder sacarlos a buen puerto.
Recuerdo un momento muy conciso donde «el antes y el después» me hicieron entender lo rápida y efímera que es la fama y la importancia de tener los pies bien firmes sobre la tierra.
Somos artistas en el escenario, pero un ser humano normal después del mismo.
Algo muy triste pero real, hay quienes se quedan con el personaje del escenario y sienten que flotan en su vida cotidiana.

Era un sábado de Febrero, un evento grande en uno de los teatros mas importantes de nuestra ciudad de Guadalajara, el Teatro Diana, multitud de personas en fila para ingresar al recinto listos para disfrutar el show que estaba por comenzar.

Era una fusión de música romántica por parte de mi agrupación en ese entonces, los sonidos vernáculos del gran Mariachi Nuevo Tecalitlán y cuatro de las voces mas emblemáticas de los solistas de Mariachi, lo ahí presentado resulto todo un éxito, a la gente le gusto mucho el espectáculo esa noche, como resultado del mismo, mucha euforia, emoción, sentimientos que se palpaban a flor de piel en el ambiente.
Terminó el evento y como era costumbre salimos a lobby para agradecer la presencia del publico, fotos, sonrisas, abrazos, autógrafos, nuevos posibles clientes y mas fotos, muchas fotos y muchos autógrafos, lluvia de sensaciones que se acumulan en esos momentos, pensamientos de grandeza, situaciones que te hacen sentir importante, pero… ¡hasta ahí!.
Después de esos minutos, regresas al camerino, tomas tus cosas, ya no hay tanto movimiento de las casi 70 personas implicadas en el evento, músicos, staff, directores, etc.
Sales de camerinos, volteas hacia las butacas y están vacías, el escenario ya no tiene luces, no hay bullicio de la gente, todo va quedándose en silencio, sales hacia el lobby donde antes había una multitud, solo queda el personal del teatro que comienza a limpiar el recinto y prepararlo para el siguiente evento de otro día, das vuelta a la calle, sola, escueta, pocas luces, caminas hacia el estacionamiento, llegas y nadie te conoce, no hay fotos ni autógrafos, solo te espera tu gente, la que te ama por quien eres en casa… Entonces baja la euforia de las 6 horas anteriores, ya no hay tanta adrenalina, comienzas a hablar con tu familia, te vas bajando de la nube del artista y va llegando el ser humano, el Papá, el Esposo, el hombre que al día siguiente irá a trabajar a la oficina, el que estará en un escritorio cuadrando números, sin aplausos ni fotos, ni mucho menos autógrafos, solo el ser que sabe que lo bello de un escenario se goza al máximo estando arriba del templete, pero una vez terminado el show se deja ahí todo eso para seguir en la serenidad de la vida, es decir, con los pies en la tierra y la mente clara.
-dgarguz-

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